Autores: Organizaciones
Año de publicación: 2025
País: Estados Unidos de Norte América
Idiomas:
Editorial: CCMSS
La Tercer Vía
Una Alternativa frente al Desarrollo Depredador y al Autoritarismo Estatal Impuestos a los Pueblos Campesinos y Comunidades Indígenas
En el último año, integrantes de diferentes organizaciones de la sociedad civil provenientes de siete estados del centro y sur de nuestro país, nos hemos venido reuniendo, para compartir nuestra visión sobre la realidad que vivimos y también para que juntos y juntas reflexionemos sobre nuestras experiencias ante esta difícil realidad. Con este documento queremos compartir con ustedes nuestras preocupaciones ante los riesgos y amenazas que enfrentamos, pero también hacerles saber nuestras propuestas.
Sabemos que nuestra reflexión podrá molestar a algunos, otros nos podrán señalar como pesimistas o de no entender el desarrollo que necesita -según los poderosos- el país. Para nosotros y nosotras el objetivo más importante al compartirles este documento, es el de provocar reflexión, es decir elaborar pensamiento crítico y el de incitarles a recuperar la iniciativa, en estos tiempos locos como decían los antiguos sacerdotes mayas.
Nuestra visión de la situación actual no puede ser optimista, ya que percibimos con preocupación, como en los últimos años, además de la gran crisis de salud, que fue la pandemia del coronavirus, y de la agudización de la inseguridad y violencia, se han incrementado las amenazas y ataques en contra de las organizaciones de la sociedad civil.
Estas amenazas ocurren en un contexto de imposición de grandes proyectos extractivistas, de una política gubernamental de abierta discriminación y criminalización en contra de las organizaciones de la sociedad y de la creciente actuación de los grupos de la delincuencia organizada, que tienen sometidas a su control a regiones enteras.
Nuestro país, el de los otros datos, el que olvidan y ocultan las cifras oficiales, es un México desgarrado en su tejido social, con millones de trabajadores con empleos precarios, que reciben salarios de subsistencia; la gran mayoría de los y las habitantes de este país, contamos con pésimos servicios de salud, transporte y educación; vivimos en una nación con elevadas tasas de criminalidad que no respetan ni edad, ni género, donde se ha normalizado la violencia a tal grado, que se acepta en silencio los asesinatos y desapariciones de miles de mujeres, niños y niñas.
México es un país sediento, donde se tienen que bloquear calles y carreteras para obtener agua, somos un país con instituciones debilitadas y sin recursos para combatir los numerosos incendios que arrasan cada año con nuestros bosques, o donde no hay medios para dotar de medicamentos a la población, pero donde si hay dinero en cantidad para los grandes proyectos de infraestructura que construye el gobierno para que las empresas extractivistas se instalen y operen con condiciones favorables y “competitivas”.
Somos un país donde gobierna la hipocresía del doble discurso y de la simulación. Dicen desde las esferas del poder, que no somos un país militarizado, sin embargo, los soldados actúan hasta como policías viales y tienen la encomienda de construir y administrar ferrocarriles y aeropuertos, el rescate arqueológico, operar hoteles y líneas aéreas y dar mantenimiento a carreteras. Desde el gobierno dicen que se promueve un desarrollo sustentable cuando se invierten miles de millones de pesos en refinerías y en trenes que destruyen selvas y cuerpos de agua. Se ufanan de haber acabado con la corrupción, cuando son públicos el saqueo de Segalmex, o los negocios turbios de funcionarios y militares.
Un México donde se confronta la mafia del poder contra la mafia en el poder y donde amplios sectores de la población, se ven obligados a migrar, buscando alternativas frente a la insuficiencia de ingresos por los bajos precios de las cosechas, por los bajos salarios o por la inseguridad. Vivimos en el reino de la extorsión, de las nuevas viejas formas de corrupción y de una transformación que es más de lo mismo.
En los últimos años, en el sur sureste de nuestro país se han venido ejecutando grandes proyectos “de desarrollo”, bajo la narrativa gubernamental de que con estas acciones se estará saldando la deuda histórica que se tiene con la región y que la nueva infraestructura de energía y de comunicaciones y la llegada de grandes inversiones traerá “progreso” y reducirá la pobreza dado que las personas podrán encontrar un empleo asalariado con seguridad social, o bien podrán aprovechar las múltiples oportunidades que este “desarrollo” traerá. Sin embargo, cómo ha sido ya documentado se tratade un re-ordenamiento del territorio que busca la expulsión de la población rural de sus comunidades facilitando al gran capital transnacional la instalación de sus proyectos y el suministro de abundante mano de obra.
Los principales beneficiarios de obras como el mal llamado Tren Maya, el Corredor Interoceánico o la Refinería de Dos Bocas son las empresas energéticas de Canadá, los Estados Unidos o Europa, compañías comerciales de países asiáticos o corporaciones europeas vinculadas a proyectos de gran turismo y proyectos agroindustriales que ya han empezado a instalarse despojando a las comunidades de sus territorios y ocupando la mano de obra de los flujos migratorios. Este vasto territorio se está reorganizando en función del gran capital, a costa del trabajo, la naturaleza, el territorio y el bienestar de las comunidades.
La Tercera Vía
Nuestro diagnóstico de esta realidad no puede ni debe ser optimista, sin embargo y pesar de esta desalentadora situación, existen razones de fuerza para seguir caminando. Este país camina a pesar de la manifiesta incapacidad y de la simulación de sus gobernantes y de la rapacidad de los grandes empresarios. Se mueve a pesar de que amplios sectores de la población han cedido su libertad a cambio de una presunta e ilusoria seguridad y donde vivir en la negación es otra de las formas de no enfrentar una realidad difícil.
Más allá de las dos vías que se enfrentan y que en el fondo defienden un mismo proyecto, existe una tercera vía, un tercer camino, que es el que en buena medida hace viable a ese país. Esta tercera vía no es la del estado, con sus militares, burocracia y sus partidos políticos, desde luego tampoco es la de los empresarios que anteponen sus intereses particulares a los de la sociedad.
No sólo son la derecha o la izquierda del capital; tampoco son únicamente los liberales y los conservadores. La tercera vía es la de los pueblos que resisten. Han sido los pueblos en y comunidades en México, los qué a lo largo de su historia, han hecho los mayores aportes y sacrificios.
A pesar de la agresiva expansión del poder del estado y del capital, muchas de las sociedades de nuestro país se mantienen vitales, y ello gracias a que se siguen vigentes saberes tradicionales y practicas comunitarias; y que a pesar de todo se mantienen activas formas de cooperación y de apoyo mutuo. La resistencia, la defensa de lo propio sigue en pie.
La importancia de los pequeños negocios familiares, las cooperativas, o de las empresas comunales ha sido invisibilizada. Nos han hecho creer que sólo existen la economía estatal o la del mercado, sin embargo, es la economía social la que aporta más empleos y alimentos en nuestro país.
La sociedad civil es la que se moviliza ante las grandes emergencias, como lo hemos vivido este año ante los cientos de incendios forestales; es la que se manifiesta ante los numerosos feminicidios que agravian cada año a nuestro país, es la que arriesga la vida buscando a sus familiares desaparecidos o es la que organiza las grandes festividades, que nos recuerdan que la alegría debe de ser parte central de la agenda nacional.
Se mantienen vivas, poderosas luchas sociales, siendo actualmente la más notable, la de las mujeres, muchas de ellas muy jóvenes que enfrentan a una sociedad violenta donde aún predominan los valores y las relaciones machistas. Este movimiento amplio y diverso ha mostrado una gran vitalidad y creatividad, que ha logrado tener ya una presencia nacional.
No olvidemos que son los pueblos los que proveen en buena medida los alimentos, agua y trabajo que le dan vida a México. Las comunidades son las guardianas de los territorios, sin su esfuerzo la situación sería más grave.
Frente al Saqueo.
Son las comunidades las que le dan sentido e identidad a este país; sin embargo, son muchos los riesgos, despojos y amenazas que sufren a diario. El estado nos exprime a los y las ciudadanas con agobiantes impuestos, mismos que sirven para financiar obras que muchas veces son innecesarias y para mantener a partidos políticos y a las familias de los altos funcionarios. Las necesidades del pueblo no son su prioridad.
Por su parte las grandes empresas privadas, imponen proyectos de muerte, que saquean los recursos de los pueblos y hacen grandes negocios a costa del bienestar de la gente y de la naturaleza.
A lo largo y ancho de México, existen ejemplos de resistencia de la sociedad, del pueblo que lucha contra los abusos del Estado y la rapiña de los empresarios. Sin embargo, esta resistencia se ha debilitado, ya qué, muchas de estas luchas están aisladas y han sido reprimidas. También la lucha de nuestros pueblos se ha debilitado, pues sus organizaciones han sido satanizadas y existe división interna que ha sido provocada la acción de los partidos políticos y las iglesias.
Nuestros pueblos se mantienen a la defensiva, y muchas de sus organizaciones se han replegado ante la ofensiva de un Gobierno que habla en nombre de los pobres y que en el fondo actúa en beneficio de los grandes capitales y de sus proyectos de muerte.
Es importante reconocer que muchos compañeros y compañeras que formaban parte de los movimientos sociales fueron seducidos por un empleo o por un discurso y decidieron abandonar la lucha y de paso justificar a un gobierno que promueve de manera intensa la realización de los megaproyectos extractivistas, la militarización y el presidencialismo.
El obradorismo y sus herederos, en su afán por consolidar su poder, traicionó su historia y las causas que dijo representar. Pactó con los poderes militar, empresarial y la élite política del viejo régimen; además exigió sometimiento y lealtad a dirigentes y organizaciones afines a su causa; con ello generó dinámicas de desarticulación y confrontación que se tradujeron en debilitamiento de la sociedad civil organizada. El “pueblo bueno” no es más que su clientela electoral, o bien, sus afines y aliados incondicionales.
Recuperar el Rumbo.
En estos tiempos difíciles, de profunda crisis social y ambiental, donde la sobrevivencia misma de millones de personas está en cuestión, donde en nuestro país se promueven grandes proyectos de saqueo y muerte, se hace urgente y necesario retomar la iniciativa desde nuestras comunidades y organizaciones.
En los años setenta del siglo pasado, el amplio movimiento social reivindicó con fuerza su carácter independiente de los partidos y el Estado. Este planteamiento retomó fuerza en los años noventa con la rebelión zapatista, con la propuesta de autonomía, es decir la capacidad y derecho de los pueblos de tomar sus propias decisiones sin depender de nadie.
Sin embargo, muchos dirigentes sociales dejaron de lado esos planteamientos y se sumaron al aparato de Estado, como funcionarios de gobierno o integrantes del poder legislativo. El movimiento social sirvió de plataforma para que muchos dirigentes accedieran a cargos o a empleos, y que se abandonara la movilización y la lucha autónoma.
Para reorientar nuestro camino, se hace preciso desenmascarar las ilusiones que promueven los políticos y el engaño que significa el llamado desarrollo. Los promotores de los grandes proyectos, hacen ofrecimientos y prometen progreso y bienestar a partir de la creación de empleos, pero ocultan que se trata de empleos precarios, de saqueo, de despojo acompañado de graves impactos ambientales.
Ante esta situación nos pronunciamos por recuperar los principios de independencia y autonomía de los movimientos sociales; principios que deben ser el eje central de un programa de lucha, que más allá de las ilusiones y las promesas de los políticos o de las “buenas intenciones” de los empresarios, nos permita fortalecer la lucha en defensa de los derechos y el patrimonio de nuestras comunidades.
Los valores de la comunalidad siguen siendo vigentes; el apoyo mutuo, el trabajo en común, las asambleas que fomentan la participación y el análisis de los problemas de la colectividad, la organización descentralizada son principios que han demostrado su eficacia, incluso en medio de la tragedia y que deben orientar nuestra actuación. Hemos coincidido en la importancia de revalorar la comunalidad como medio para la construcción de alternativas que procuren el Buen Vivir.
Pensamos que este fortalecimiento se debe traducir en el impulso a un conjunto de acciones que ya desde hace años se vienen realizando en nuestros pueblos: el cuidado y manejo del agua, la producción de alimentos sanos, la medicina tradicional y alternativa; los espacios de educación autónoma; la defensa de los bosques, el rescate de los saberes populares, el uso de energías limpias, la comunicación libre, la defenbsa de los derechos colectivos de nuestras comunidades y de los derechos de hombres y mujeres, niños y niñas.
Más allá de las proclamas y pronunciamientos, debemos pasar a la acción, buscar tejer puentes y redes, para acumular juntos y juntas la fuerza suficiente que nos permita defender lo nuestro e impulsar el Buen Vivir. El Buen Vivir, que es una relación de respeto y de justicia entre las personas y con la Madre Tierra, se presenta hoy por hoy como una alternativa viable ante la grave crisis que vive la humanidad.
Ante la magnitud de las amenazas y problemas que nos afectan y para enfrentar con éxito a los promotores de los proyectos de muerte, es una condición fundamental estar articulados.
Estas palabras son un llamado a recuperar la iniciativa, a salir del marasmo en que nos encontramos y a caminar unidos y unidas para hacer valer nuestros derechos. Ni una lucha aislada más. Por ello decimos basta de simulación, despojos y depredación. ¡Basta Ya!